Aún miraba a la nada, columpiándose, cuando la figura de otra niña, muy parecida a ella, apareció en la puerta gritando su nombre, sonriendo se acercó a ella corriendo y saltando.
-Mami dice que ya te has mojado mucho Alma, y puedes enfermar
-Pero… Nunca me he enfermado… - Su sonrisa aún brillando- ¡Me siento súper!
-Es la orden de Mamá –replicó su hermana, tomando su mano- Ahora espera aquí mientras trae algo para secarte.
Su ropa empapada goteaba mientras esperaba sentada en el piso junto a su hermana.
Eran grandes amigas, Alma, rebelde, callada y casi siempre sonriendo y jugueteando, un año menor, parecía sentar el equilibrio ante Alicia, que siempre estaba quieta pero no paraba de hablar. Casi siempre vestían igual, así les gustaba. Jugaban a confundir a la gente, haciéndose pasar una por la otra. Todas las tardes corrían al jardín y con un complicado juego que sólo ellas comprendían se sorteaban el columpio, siendo la perdedora la última en subir, que siempre terminaba columpiando a la vencedora. Grandes amigas sin duda, disfrutaban de su hermandad.
Alicia no paraba de hablar, Alma sólo la miraba, sonriendo, interrumpiendo de vez en cuando para agregar algo a las ideas de su hermana o simplemente asintiendo a lo que ésta decía. Así estaban cuando una toalla de algodón calló sobre la más pequeña, acompañada de una voz que parecía sonreír mientras le ordenaba secarse para luego cambiarse de ropa. Alicia rió y saltó sobre su hermana frotándola con la toalla. Ambas entraron a la casa. Mientras Alma se cambiaba de ropa, Alicia miraba por la ventana hacia la calle, esperando con paciencia a un gracioso triciclo motorizado que se paseaba vendiendo helados. Al escuchar la melodía ya conocida corrió hasta su mamá dando gritos. “Lo siento cariño pero, tu padre ha olvidado dejarme dinero así que hoy no habrá helado.” La sonrisa de Alicia se borró casi de inmediato para dar paso a una cara decepcionada mientras se daba la vuelta y despacio, volvió al lugar donde estaba su hermana. “Espera un poco” dijo la más pequeña con una sonrisa de picardía en el rostro, “intentaré hacer algo”. –“Alma…”, “¡Shhh!… espera”. La picardía de Alma parecía inundar todo el lugar pues instantes después de aparecer en su rostro esa sonrisa, su madre se acercaba a confirmar que todo estuviese bien.
“Señoritas…” dijo el vendedor al acercarse a la ventana, ofreciendo a cada una el helado que preferían. Mamá, que ya estaba mirándolas, se sorprendió y preguntó con voz preventiva que estaba ocurriendo; “No quise molestar señora, lo siento, son hermosas sus hijas y quise… Ehm… Los helados van por la casa… Sólo por esta vez si su madre está de acuerdo”, “Está bien” respondió ella mirando de reojo a las niñas… “Sólo por esta vez”. Ellas recibieron el obsequio, el heladero se alejó y mamá volvió a lo que estaba haciendo.
-Alma… ¿Cómo lo hiciste?
-¿Cómo hice qué?
Las risas recorrían la habitación
-¡No te hagas, niña! ¿Cómo pudo el saberlo?
-No lo se.
-Alma…
-No se… Sólo… No se… Mira… ¡Cierra los ojos y no te asustes!
Alicia cerró los ojos con desconfianza, esperando que fuera una broma de su hermana.
“Ahora abre los ojos… ¡Encuéntrame!” Alicia abrió sus ojos y no se molestó en ocultar su sorpresa e incertidumbre al descubrir que aún cuando su hermana parecía haberle susurrado esas palabras al oído, no estaba ya en el cuarto. Con apenas 10 años no podía comprender nada pero le parecía divertido y decidió seguir el juego. Miró a los lados y revisó cuidadosamente todo el lugar, a la expectativa, miró bajo la cama… No estaba allí. Al acercarse al cuarto de baño una imagen pasó por su mente; por cuestión de apenas un segundo, estaba frente a ella un escaparate lleno de ropa, para luego encontrarse frente al espejo de baño. Nerviosa, pero llena de curiosidad, se dio vuelta y emprendió el camino hacia el cuarto de su madre, dónde ese escaparate se encontraba. Ya estaba casi frente a la puerta del cuarto cuando otra imagen atacó su mente, Alma, con picardía reía mientras susurraba “Sólo tú lo sabes…”. Sin darse cuenta, mientras prestaba atención a la inexplicable señal que recibía su mente, había terminado de entrar a la habitación… Ahí estaba Alma, sentada en la cama, mirando a su hermana, nerviosa pero sonriendo. A sus espaldas, el escaparate.
-¡WOW! ¿Cómo lo has hecho? –Alicia estaba asustada también, pero llena de curiosidad, su mano izquierda sobre su boca, en una expresión de evidente sorpresa.
-¡No se! –Alma se encogió de hombros…
-¿Cómo? ¿No sabes?
-¡No! ¡No se! Sólo lo hago, a veces es divertido pero a veces tengo miedo.
-¡Sí! ¡WOW! ¿Yo puedo hacerlo también?
-¡Tampoco lo se! –Aquellos rostros inocentes pasaban de la sorpresa a la curiosidad, a la risa, al miedo, todo casi instantáneamente.
-¡Entonces fue así como él lo supo! –Dijo Alicia de nuevo sorprendida con su mano sobre sus labios- ¡WOW!
Alma, ahora más calmada ante la reacción de su hermana, parecía preocupada mientras miraba al escaparate. “Sólo tú lo sabes…” volvió a escuchar Alicia dentro de si, para luego mirar a su ahora cómplice y asegurarle que guardaría el secreto.
Mamá entró a la habitación en ese momento. “¿Todo bien angelitos?” “¡Si madre!”. Mamá volvió a salir, de nuevo había sentido esa inquietud que le había llevado a levantarse del computador y averiguar qué pasaba.
Despertó desorientado, hacía un par de días que no dormía bien, el estaba seguro de que se debía a la inquietud que producía en él el más reciente caso en el que había estado trabajando. La Corporación de Tecnologías Militares era la moda en cada noticiero, una lista bastante poco común de sucesos se estaba presentando ahí, desde hacía ya una semana la zona había sido evacuada y acordonada y las fuerzas especiales habían decidido abandonar el lugar debido a las bajas inaceptables que habían tenido. Como operativo de fuerzas especiales que era, Roberto Hans quería hacer algo, necesitaba hacerlo. Levantó el teléfono e hizo un par de llamadas, se vistió, tomó un rápido desayuno y partió.
Durante el viaje en auto muchas ideas pasaban por su mente, diferentes hipótesis, teorías personales que trataban de llenar las dudas en su mente acerca de todo lo que estaba ocurriendo en aquellas instalaciones. Siempre parecía faltar una pieza al rompecabezas, siempre aparecía algún detalle que no encajaba en la historia… “¿Qué rayos pasa en CTM?”
Sumido en sus pensamientos se distrajo de tal modo que el viaje se le hizo más corto que de costumbre, entró al estacionamiento, dejó su auto y subió al ascensor, que lo llevaría hasta un quinto piso, eran las 8:30 de la mañana. Hacía calor, era difícil no notarlo, y aquel corto viaje en el ascensor se lo recordaba, el aire era pesado y ya el sudor empezaba a humedecer su frente, esperaba estar pronto en las frescas oficinas y quitarse aquella húmeda sensación de encima. Las puertas del ascensor se abrieron y sin esperar un segundo más caminó con paso apresurado hasta la oficina del fondo, dónde le esperaban:
-Muy buen día, pasa adelante Bob. Pensé que no vendrías.
-Lo siento Buendía, el clima y una que otra pesadilla han estado haciendo estragos con mi sueño. Que porquería… Bueno, en fin… ¿Qué has decidido?
-Bob, por mucho que seamos amigos, lo que me estás pidiendo no es fácil de lograr.
-No me vengas con mie…
-¡Espera! Calma. Bob, eres un operativo muy bien entrenado y con unas habilidades que pocos poseen, tu experiencia en el campo con Sigma 20 ha sido increíble. Pero aquí no sólo se trata de eso. Allá afuera investigamos cosas con las que tú simplemente no vas a sentirte a gusto.
-¿Otra vez volveremos a esto? Tú sabes bien que… ¡Por favor! Es por estas cosas que nadie nos toma en serio Buendía.
-Ahí lo tienes, agente Hans hemos aplicado toda la ciencia que hemos podido en esto, pero si las propias Fuerzas Especiales nos han llamado y Sigma 20 no quiso participar, es porque hay algo más ahí dentro, lo que menos necesitamos es otro operativo con espíritu de héroe de película que crea que lo arreglará todo con un arma y muchos gritos. Bob, allá adentro la cosa es fea, Delta perdió a cuatro de sus hombres y ni siquiera encuentran sus cuerpos. Si quieres ser nuestro puntero, tienes que abrir esa concha de maní que tienes por cerebro.
-Eso es un cumplido… Supongo…
-Lo siento Bob, pero la amistad no puede meterse en esto. Necesitamos algo más que armas, gritos y teorías científicas. Tráeme una teoría tuya que lo explique todo y podremos hablar, pero te aseguro que todas las lógicamente aceptables te han fallado… A mí también. En CTM está pasando algo más.
-Pues… Gracias compañero… Avísame si cambias de parecer.
El rostro de Roberto no era el más amigable al salir de la oficina, y aquel clima fresco y agradable que había estado esperando encontrar, parecía huir de él. Mientras caminaba de vuelta al ascensor seguía tratando de encontrar un modo de convencer a los chicos de las Fuerzas de Encuentro, Asalto y Reconocimiento de que eran tonterías todo lo que decían, que sólo era algún grupo de locos el que se apostaba en aquella zona. Entró al ascensor casi sin darse cuenta, pues parecía que el aparato esperaba ahí por él. Las puertas se cerraron y aquel aire pesado se hizo aún más denso e insoportable. Sentía que llevaba un morral cargado de plomo sujeto a sus hombros, estaba de mal humor y tenía tanto por hacer. El viaje en el de descenso parecía mucho más largo, mientras imágenes de su más reciente sueño paseaban por su cabeza y parecían reírse de él, pero otras parecían querer decirle algo. De pronto el ascensor se detuvo, pero parecía estar apenas entre el segundo y primer piso. Miró a los indicadores, escuchó con atención, las puertas no se abrieron, esperó. Pero la puerta no abrió, en lugar de eso el ascensor se estremeció como si algo cayera sobre él y las luces se apagaron al momento. Eso realmente asustó a Hans, que buscaba ahora la manera de mantenerse calmado mientras oprimía el botón de emergencia y estudiaba el modo de salir de esa claustrofóbica cámara oscura. Su respiración se hizo más fuerte y rápida y su corazón latía con una prisa angustiante, sudaba y su camisa empezaba a mojarse, tomó su teléfono celular e hizo una llamada.
-¡Oye Carlos! ¿Qué carrizo ha pasado? ¿Está todo bien ahí?
-¿De qué hablas? ¿Dónde estás?-¡Mierda! Estoy atrapado en el ascensor, está podridamente oscuro y sentí que algo caía sobre él. ¡Averigua que pasa y sácame de aquí!
La llamada se cortó, Hans trató de nuevo de calmarse y esperar. Escuchó ruido y voces afuera y podía oír a Buendía preguntando si estaba bien, así como a los curiosos haciendo preguntas y sacando toda clase de conclusiones. Un golpe en el techo, pasos y luego silencio. “¡Espere un poco Hans, vamos a sacarlo de ahí!”. Hans no podía ver nada y estaba impaciente, había mucho silencio y oscuridad alrededor y estaba empezando a desesperar. Empezó a tararear su canción favorita y a mirar al infinito, ya que no había más que negro frente a él. Estaba a punto de llamar de nuevo cuando la luz se encendió y el ascensor comenzó a moverse, aturdido decidió interrumpir el viaje y bajar en el primer piso, dispuesto a usar las escaleras de vuelta al estacionamiento. Al abrirse la puerta pudo ver, al final del pasillo, a varios efectivos de seguridad que venían con herramientas, cuerdas y escalera y que le miraban con sorpresa.
-Señor Hans, ¿Está bien?
-¿Que mierda pasó allá adentro? Sí, estoy bien.
-No tenemos idea señor, había una rata muerta en el techo del ascensor, parece haber caído cuando éste se detuvo pero, no sabemos por qué falló. ¿Cómo logró salir?
-Pues así como se detuvo, empezó a moverse de nuevo… Que porquería… No vuelvo a subir a esa cosa por un buen tiempo.
Lo decía en serio, trataría de no olvidarlo. Odiaba aquella sensación de claustrofobia que acababa de vivir. Aún malhumorado se despidió de sus rescatistas y siguió su camino hacia el estacionamiento. Mientras bajaba, una fría brisa pasó justo alrededor de él, desde sus espaldas hacia la puerta del estacionamiento, se detuvo y volteó a mirar. “¡Tienes que ser tu…!” La voz femenina parecía venir desde el frente y aunque susurraba, lo hacía con un tono de exaltación notable. Saltó. Miró rápidamente hacia todos lados, no había nadie. La voz que había exclamado aquello parecía no tener cuerpo que la emitiera… “Muy bien, Hans, ahora también tendrás pesadillas despierto… ¡Qué modo de empezar el día!” se dijo mientras sonreía, tratando de relajarse. Subió al auto y partió.
…Una llamada llegó al contestador de Carlos Buendía, que aún estaba distraído tratando de averiguar cómo había quedado su amigo atrapado en el ascensor… “Carlos, es Jenny, el Secretario quiere a Hans dentro… Uh… No hagas preguntas, ¿Si?... Sólo asegúrate de que Hans esté en esto… Llámame…”

1 comentario:
Enhorabuena por el blog, animo con él y no lo dejes. Un saludo.
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